El árbol de la ciencia

Llegó la hora de profundizar un poco y caminar por las orillas de la metafísica. ¿La ciencia busca la verdad? ¿El hombre puede llegar a conocer el universo?

Para explicar estas complejas preguntas aprovecho e introduzco un fragmento de la grandísima obra barojiana “El árbol de la Ciencia”, en la que Andrés Hurtado (protagonista) y su tío Iturrioz debaten sobre filosofía haciéndose estas mismas cuestiones:

“-Las proposiciones matemáticas y lógicas son únicamente las leyes de la inteligencia humana; pueden ser también leyes de la naturaleza exterior a nosotros, pero no lo podemos afirmar. La inteligencia lleva, como necesidades inherentes a ella, las nociones de causa, de espacio y de tiempo, como un cuerpo lleva las tres dimensiones. Estas nociones de causa, de espacio y de tiempo son inseparables de la inteligencia, y cuando ésta afirma sus verdades y sus axiomas a priori, no hace más que señalar a su propio mecanismo.

-¿De manera que no hay verdad?

-Sí; el acuerdo de todas las inteligencias en una misma cosa es lo que llamamos verdad. Fuera de los axiomas lógicos y matemáticos, en los cuales no se puede suponer que no haya unanimidad, en los demás todas las verdades tienen como condición ser unánimes.

-Entonces, ¿son verdades porque son unánimes? -preguntó Iturrioz.

-No; son unánimes, porque son verdades.”

Podemos ver claramente en esta conversación algunas partes esenciales de la obra del filósofo I. Kant “Crítica a la razón pura”, en ésta se afirma que los conocimientos del ser humano se dividen en dos tipos: Conocimientos a priori y conocimientos a posteriori. Los conocimientos a priori son aquellos independientes de la experiencia y se encuentran ligados a la razón. Algunos de los conocimientos a priori son los que se mencionan en el diálogo de Andrés y su tío: causa, espacio y tiempo. Los conocimientos a posteriori son aquellos que se obtienen mediante la experiencia. Ambos conocimientos han de configurarse mutuamente para que el ser humano pueda llegar al entendimiento de los datos empíricos. Por otra parte, hay que hacer una división entre el fenómeno y el noúmeno. El primero es la cosa tal y como se nos presenta. El noúmeno sería la cosa en sí, alejada de toda interpretación. Cabe la posibilidad entonces de que no podamos conocer el noúmeno, de que no podamos conocer las cosas tal y como son. Eso es algo que no podemos demostrar. Según Andrés, hemos de partir desde aquí para construir nuestras verdades, y considerar como verdadero lo que es interpretado por nuestra razón. Luego, llamaremos verdad a aquello en lo que todos coincidamos desde un punto de vista racional. Como bien dice Andrés Hurtado: “ Son unánimes, porque son verdades.” Pero verdades para nosotros, no verdades en sí, ya que la verdad en sí es algo que se escapa de nuestras manos.

“-Bueno. Está bien. Quiere decir que tú aceptas la posibilidad de la mentira inicial. Déjame suponer la mentira en toda la escala de conocimientos. Quiero suponer que la gravedad es una costumbre, que mañana un hecho cualquiera la desmentirá. ¿Quién me lo va a impedir?

-Nadie; pero usted, de buena fe, no puede aceptar esa posibilidad. El encadenamiento de causas y efectos es la ciencia. Si ese encadenamiento no existiera, ya no habría ninguno; todo podría ser verdad.

-Entonces vuestra ciencia se basa en la utilidad.”

Como bien dice aquí Iturrioz, la ciencia se basa en la utilidad, no en buscar la verdad, ya que se apoya en algo que no podemos saber si es cierto o no. En la actualidad la mayoría de personas piensan que la ciencia es capaz de dar con la verdad, lo que lleva a un “positivismo inconsciente”. Sin embargo, encontrar una verdad fuera de nuestras “verdades” quizá sea una tarea imposible tanto para la ciencia como para el ser humano. Esto es, por una parte una desilusión ,y por otra, quitarnos un grandísimo peso de encima.

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El Dolor de la Lucidez

 

Esta escena pertenece a la película “Lugares Comunes” de Adolfo Aristarain. En este fragmento es palpable la disconformidad del director argentino con los métodos de enseñanza actuales y la estructura de la educación. Durante la etapa escolar y más tarde en el instituto son escasos los profesores que enseñen a pensar a sus alumnos, esto se traduce en un déficit en el desarrollo individual. La mayoría de maestros se limitan a dar información e imponerla dogmáticamente sin dedicar esfuerzos a despertar inquietud y curiosidad por su materia.

La gran mayoría de profesores basan sus enseñanzas en la memoria y valoran a los estudiantes por sus respuestas. Como dice Aristarain: “Un chico no es mejor persona por saber de memoria el año en que nació Cervantes”.

La información está en libros e internet y puede ser consultada en cualquier momento, no es esa la clave de la educación. Por supuesto que el conocimiento tiene relevancia, pero no es lo esencial. Lo que verdaderamente es necesario para la formación personal es que los educadores enfoquen su trabajo en trabajar la capacidad de razonamiento y de comprender y cuestionar la información que reciben sus pupilos. Cuando se piensa en este tema, es inevitable hacerse la pregunta: “¿Qué es más importante: que los alumnos conozcan de memoria los autores, el estilo y las obras del Romanticismo o que se interesen por la poesía, lean algunas obras de autores pertenecientes a ese periodo y comprueben ese estilo que el sistema educativo pretende imponer a la fuerza?”

La tarea que todo profesor debería tener es plantar en sus alumnos la semilla de la duda o, como diría Aristarain, despertar “el dolor de la lucidez”.

Antes de terminar, debo recomendar encarecidamente la película “Lugares Comunes” a todo el que no la haya visto. Una gran obra de un gran director.

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Obligaciones del individuo

“No tenemos que empezar por atrás, por las formas de gobierno y los métodos políticos, sino por delante, por la construcción de la personalidad, si queremos volver a tener espíritus y hombres que nos garanticen un futuro.” -Herman Hesse-

Este aforismo del escritor alemán Hermann Hesse está impregnado por una de las partes más llamativas de su estilo literario: La preocupación por el individuo. Se plantea en esta frase un tema que hace temblar el concepto de sociedad en la actualidad, haciendo que en nuestra mente aflore la pregunta: “¿Estamos construyendo la casa por el tejado?”. En la actualidad buscamos alimentar la sociedad para que así crezca el individuo . Lo que Hesse propone es realizar esta tarea desde la perspectiva contraria: Mejorar desde un punto de vista “espiritual” y humano al individuo para que la sociedad en consecuencia también mejore. Esto puede ser ejemplificado de la siguiente forma: Si queremos construir una casa de la mejor manera, ésta será con materiales de calidad (buenos ladrillos, vigas, etc…) y luego, partiendo de esa base, usar nuestros conocimientos sobre construcción para darle el uso más apropiado a esos materiales. Hoy día solo nos preocupamos de la construcción independientemente de los recursos que tengamos. Hoy día el individuo es una repercusión de la sociedad y no al contrario.

Ante este hecho Herman Hesse propone en muchas de sus obras la preocupación por la formación humana para hacer frente a la colectivización que nos exige el sacrificio personal.

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